Breathe
Nunca ha habido nada, pero todo lo que hay es mío.
9.08.2007
Sábado al alba...
¡Cómo amo Buenos Aires!
9.07.2007
Mi abuela se casó a siete colores.
Por empezar, iba a la iglesia de fuccia y con escote V.
La siguiente revolución fue cuando, por aquellos años locos (qué históricamente serían los 20, pero yo me refiero a una locura mucho más psicótica, impregnada en la entremezcla de guerras y revoluciones sociales, neurósis por doquier, transformación de los roles: 1940) de mi abuela, fue cuando se subió a una motocicleta digna de Tracy vestida con campera de cuero, pantalones chupinados y botas texanas, los cabellos dorados y el labial rojo, y anduvo por motocicleta por toda la ciudad.
Me he enterado también que la mujer gustaba de nadar desnuda (sin entrar en detalles, también gustaba de andar desnuda, pasé toda mi infancia avergonzada cuando salía en ropa interior a abrir la puerta, a la vista de todo traseúnte que anduviese por la vereda).
Pero lo verdaderamente incorrecto fue su vestido de bodas. Se hizo una pollera a 7 capas de tul, amarilla, roja, verde, fucsia, violeta, azul y celeste. Para colmo, por encima de la rodilla (¡terror con piernas!).
Cintura de avispa (ganándole a mis ex 64 centímetros), senos de 98, cabellos dorados... y todo un grito terror para la moda.
9.02.2007
Sueño vegetariano
Considerando una de esas cosas extremas, soñar con la libertad animal, cómo cuando en cada bocado de carne muerta, mi tráquea regurgita el pecado, el inodoro reclama la carne masacrada (carcomida), y mi asco avecina el dolor de la repulsiva imagen de súplica de la inocente carne, aquella que desconoce la tortura excepto cuando la liquidan en golpe seco de hacha.
Tengo, aproximadamente, 3 sueños por noche.
Uno de los más recurrentes, probablemente el más armagedónico, es el de una feria en Boedo, con distintos desenlaces. Es un sueño en tonos azules, blancos y negros. Comienzo caminando por el trayecto del puente, ya sin automóviles, llegando a su finalización en la que hay una gran feria, que en realidad es una especie de “Freak Show” al costado de una ruta (ya desentendiéndonos de Boedo). A su vez, en la feria hay una montaña rusa de agua en la que la gente viaja por galerías y cae a los costados, en un abismo de más de 10 metros dónde hay un mar que rompe contra la piedra y los cadáveres estallan, y es azaroso el caer o no, o más bien depende de una cuestión ética: la montaña rusa juzga el destino. Una vez sorteado, se designa a la persona a llevar el cuerpo de alguno de sus compañeros muertos, que luego de reventados contra las piedras pasan a una canaleta y quedan en un depósito, a una gran torre de cuerpos masacrados que funciona a modo de “escultura gigante” en la parte central de la feria. Además, tiene aires de telo, luces rojas y corazones humanos colgantes decorando toda el área. Luego, hay clásicas calesitas que llegada cierta hora desprenden sus caballos de la misma, y trotan hasta el acantilado y caen. Motivo por el cual, llegada la hora, suena una gran campana y la gente debe huir.
¿Dónde huyen?
La salida de ese freak show, en el que cantidades de enanos deformes y mujeres rasuradas mostrando su clítoris “animan” la feria, es volver al mundo real, a Boedo, sólo que ya no es Boedo. Ahora se convirtió en una ciudad rodeada de agua negruzca manchada con petróleo y alquitrán, en la que hay innumerables carreteras (que, en realidad, forman parte de las autopistas) que entrecruzan esta agua, y pequeñas zonas costeras en las que se pueden tomar barcos para ir a los puertos, lugares peligrosos debido a las violaciones, pero que constituyen paso obligado para los nuevos hogares.
Cuando surge la feria, el mundo crea una metamorfosis. La feria es, a modo simbólico, el armagedón en el que las almas son seleccionadas. Probablemente, el acantilado sea un camino al único cielo que yo reconozco: la verdadera muerte. En cambio, quienes sobreviven a la feria son aquellos que vuelven a la vida, sólo que esta vez la vida es un verdadero infierno pesquero. Entonces, nosotros debemos ir a la reconstrucción que hemos logrado de la vida misma: pequeñas casas de tela blanca que flotan sobre el mar, en el que el caminar se hace difícil y todo comienza a hundirse progresivamente.
Los ocre
El mundo ocre está aislado del mundo azul. Es un limbo, en el que las casas limitan con canales de agua dónde flotan cuerpos y diarios antiguos, en los que ya no existe el tiempo ni la comunicación, ni la TV ni la Internet ni los cafés. Tan sólo vivir relegado a ese cuadrado de tela flotando por encima del mar, limitando con otras casillas en las que se ven los espectros a través de la luz amarilla que refleja sus negros cuerpos sobre la blanca tela. Cada casa tiene su finalidad: estabilizarla. Para ello, hay un nivel de normalidad medido en agua y éter. El éter no es transparente cómo se creía, sino que fluctúa sus colores a razón de las emociones mismas de mi persona dormida. Todo venía maravillosamente bien, el agua acumulada en 10 centímetros ahogando mis pies, el éter ocre, el paradisíaco silencio… mis tres Betta Splenders azules, mi gata blanca ronroneando en mis tobillos, chapoteando en el agua.
Claro que la resolución del conflicto fue caótica cuando el aroma a pescado frito y carne asada comenzó a penetrar mi cocina: en una casa contigua, algún imbécil cocinaba carnes, pero la realidad es que absorbía la vida de mis mascotas que comenzaban a tornar sus escamas azuladas en grisáceo, a maullar lastimeramente, a hiperventilar su cuerpo y poner expresiones faciales personificadamente trágicas.
El éter empezó a tornarse rojizo, mientras mi ira aumentaba convirtiendo el aire en veneno, inundando toda la ciudad de agua ácida, oyendo los últimos quejidos de los habitantes, tomando aquellos peces en mis manos y llorando su propia sangre.
El cuerpo de la gata flotando en el agua, el último maullido flotando en mi mente... el agua se ha hecho vómito.
8.31.2007
¡Ay! ¡Soy tan feliz!
Descubrí que lo mejor de la vida, además de atar a una mujer virgen de 14 años a la cama y ponerle crema chantilly por todo el recorrido que va desde las cumbres hasta la flor (qué poético puede ser el bondage, ¿no?), es tener acceso a la información.
A veces me resulta preocupante, lo comentaba el otro día con A, que la gente se nutra de la información televisiva. Mejor dicho, me preocupa la malnutrición televisiva, en la cuál en 8 horas de alinarse frente a una caja no se saca nada en limpio.
Probablemente esa es la sacrosanta bondad de la internet, es el modo más didáctico de estudio.
Mientras que leemos incorporamos información a nuestro sistema, también semejante a un HD, particularmente en presencia de datos. Tiene la doble función de la ociosidad.
Insisto en no poder concebir que una persona no sea lectora. Para mí es una función humana básica, exactamente idéntica (y diacrónica) a ir al baño. Muestra de esto es tener biblioteca pero con una buena parte de los libros acumulados en el baño, para leer por decimosexta vez "Un lugar llamado Kindenberg" o estudiar el manual sobre materialismo histórico.
Pero internet tiene una excepción: nutrirnos en la inmediatez.
Distanciándose ya de los libros, permite que la idea, o mejor dicho, la duda, sea inmediatamente satisfecha. Esto a su vez hace un continum en la carburación, análogo a presenciar una clase universitaria en la que el cerebro se activa y un tema deriva en otro y las dudas marchan a 160 por el carril de la conquista de la verdad.
Internet tiene esa fantástica acepción de ser la perfecta equivalencia a Dios. De hecho, yo le rezo.
"Google nuestro que estás en la red. Santificada sea tu empresa. Venga a nosotros tu información. Hagasé tu conocimiento, así en la red como en el cerebro. Danos hoy nuestra respuesta de cada día. Perdona nuestras ignorancias, así cómo nosotros perdonamos a quienes no te utilizan. No nos dejes caer en la alienación televisiva. Más libranos de toda obscuridad intelectual.
Santo blogger, motivo de vida. Ruega por nosotros escritores, ahora y en la hora de la muerte de las letras.
Así sea."
Y me voy canturrando: heaveeeeeeeen, I'm in heaveeeeen...
8.30.2007
Hkaleydoscopio por Martin Schencman
El libro en cuestión, es un viaje por la introspección de alguien que se siente sucio, desganado y alienado y, repentinamente, deja de comprender todo lo que sucede a su alrrededor. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Por qué la sociedad? Preguntas y más preguntas, esa llave filantrópica y filarmónica que busca que le responda las cosas que no tienen solución. No hay por qué ni para qué. Sencillamente existir, levantarse esa mañana en un lugar desconocido, mi habitación pero no es mía porque yo no soy.
Tiene un poema interesante que me gustó desde la primera lectura:
Comprender que somos animales, derivados de los simios, no designios del Señor. Me niego a ser parte de cualquier ajedrez celestial.
Comprender que pasamos de subir montañas trepando, a subir escaleras, mecánicas. Que escuchar nuestra propia respiración, es más importante que la cabeza.
Comprenderlo.
Que buscamos una llave, filantrópica y filarmónica.
Para poder comprender que, en realidad, la susodicha no existe.
Comprender que el vacío es pesado, y que la única manera de adelgazarlo, es haciendo un poco de ruido.
Que hay poco, pero en serio: casa nada.
8.26.2007
Imagino
Porque leo a este caballero, “sir” Julio Herrera y Reissig (descubriendo que los Julios son mi pasión por default) e imagino mi cuerpo desnudo en su cama, entre su piel y su mirada y él atado con gasa blanca (siempre gasa blanca y límpida) mientras que yo, encima de él, dominatriz perfecta, le exijo a su majestad que de mi dulce elixir haga su creatividad, que profese esos versos perfectos que relatan lo inefable del sexo, el sexo perfecto, el erotismo perfecto y tan solo leo y tal solo sueño y si estuviera vivo yo sería aquella doncella que, entre gemidos, habrase aprendido su lírica de memoria, para al unísono, impúdicos encumbrar los labios del deseo en letras.
Dice él, él que podría haber sido mi él si tan solo me lo hubiera cruzado:
Con la superstición de mis condales
Insignias y cuarteles de altos brillos,
Puse sitio de amor a tus castillos
Invictos de asperezas virginales.
Rompieron fuego en lides ancestrales
Los ojos de reptil de mis zarcillos
Y bárbaros collares de colmillos
De hienas y panteras imperiales
Como una misa de hórrido holocausto
Forjó la tarde carmín infausto…
Sobre el escudo de tu sexo fuerte,
Golpeó tres veces mi pujante armada,
Y en el clavel de tu ciudad Rosada
Clavé mi sádico pendón de muerte.
